El incienso se consumía como si fueran sus últimas esperanzas, sus últimos sueños. Los hilos perfumados que desprendía la autodestrucción a la que era sometido rodeaban su cuerpo buscando algun tipo de consuelo, algún tipo de fuerza profunda que le acariciara y le produjera una sensación de bienestar que no existía.
El incienso no era capaz de substituir el calor que esos brazos podían desprender, esa felicidad instantanea que esa sonrisa difuminaba. Tal como se difuminaba la luz de la lámpara que iluminava cada uno de sus pasos. Pasos cada vez más dispares. Pasos cada vez más oscuros.
Siempre había amado ser espectador del que él considerava el espectáculo más bello del mundo.
El incienso se consumía lentamente. No quería acabarse. No quería morir. Cada vez que se iluminaba un filamento, se producia una herida. Y el rojo pasión con que contava cada uno de sus pasos no era más que el rojo sangre que bañava sus heridas, las cuales eran cada vez más profundas y visibles. Cada herida dejaba entrever que esa consumición acabaría con esa débil barrita. No estava hecha para morir de esa forma, pero acabaría siendo su destino. Era un simple elemento de distracción.
Antes de ese final tan injusto pero a la vez inevitable, la barrita decidia irse por la puerta grande, no quería guardar nada para el final. Mostrava todo su esplendor regalando un auténtico espectáculo de danza en el que los pequeños filamentos de su alma se entrelazaban con una sincronía envidiosa y un tempo inigualable. Cada una de esas partes podia contener grandes formas de entender el mundo, grandes pensamientos, grandes ilusiones y incluso definir de una curiosa forma eso que todos llamavan amor. Asi que qué mejor forma de hacerlo que demostrando al mundo la existencia de todas esas cosas. Jamás las volvería a disfrutar, así que queria dejar un buen rastro de su legado dando a los ojos tan maravilloso espectáculo.
Cada una de esas partes iba desapareciendo, muriendo en contacto con el aire que se respiraba en ese ambiente.
Tan puros pensamientos no podian coexistir con la impureza que reinaba en ese obtuso exterior, asi que desaparecian en la immensidad de la transparencia en un último intento por mantenerse con vida.
Un último intento de traerse hacia nosotros y esa immensidad de transparencia creó una pequeña capa de vaho en la que esos pensamientos dejavan su legado. Ilegibles para el ojo humano.
El incienso se consumió.
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